
Aquellas noches, sus grandes salones estarían iluminados por diez mil velas de cera de abeja y adornados con ramas de árboles frutales en enormes macetas y jarrones llenos de rosas de color rosa, violetas de Parma y orquídeas blancas enviadas al norte en tren en vagones con calefacción desde la cálida Crimea, junto con enormes cuencos llenos de frutas que llevaban grabada la silueta del zar. Cientos de troikas y carruajes atestarían la plaza ante el palacio, acercándose a los braseros, con sus llamas que se alzarían como surtidores rojos hacia el cielo negro, y sus conductores llevarían botellas de agua caliente, mantas de marta cibelina y botellas de vodka, pues ni siquiera las mantas ni los braseros bastaban para mantener calientes a aquellos hombres. Esos bailes duraban hasta las tres de la mañana, hasta la última polonesa; si uno tomaba demasiado vodka esperando a su amo, sin embargo, se sentía demasiado caliente… y si se quitaba la túnica tomaba el camino seguro hacia una muerte por congelación. Aunque la plaza estaba resguardada del golfo de Finlandia por la inmensidad del palacio mismo, no hay palabras que puedan describir el frío de un invierno de Petersburgo. Las luces del edificio iluminaban un mundo blanco y negro: hielo brillante, copos, ventiscas de nieve, el aliento humeante y negro de los caballos y los hombres que esperaban.
La temporada terminaba con la llegada de la Cuaresma, y después la sociedad se iba al campo -a las islas que había fuera de Petersburgo, a Crimea, al mar Negro, o a propiedades que tenían en torno a Moscú- hasta que al final del verano las maniobras militares los atraían al pueblo de Krasnoye Seló, junto a Peter, que se vanagloriaba de tener un enorme campo de maniobras en torno al cual se encontraban formando una hilera las villas de madera de los oficiales. Ah, qué ritmo más encantador el de aquellos días.