
Todo empezó así
Aún veo a la familia imperial Románov, pero no la de Nicolás y Alejandra, sino la familia imperial de mi juventud, el zar Alejandro III con su esposa y sus hijos, uno de los cuales era Niki. «Ya viene, ya viene la familia imperial.» Los veo avanzando por el vestíbulo del pequeño teatro de la escuela, con sus sillas de madera colocadas en hileras ante el rudimentario escenario donde las estudiantes acabábamos de actuar, yo en el coqueto pas de deux de La Filie mal gardée, hacia la espaciosa sala de ensayos donde se había preparado el banquete de celebración. Aquel era el día de la representación de mi graduación, el 23 de marzo de 1890. Tenía diecisiete años. Los zares Románov eran mecenas de una lista enorme de teatros imperiales. Solo en Petersburgo teníamos el Mariinski, el Alexándrinski, el Mijáilovich, el Conservatoire, el English Theater… y eran mecenas también de los artistas que llenaban sus escenarios y de los estudiantes que abarrotaban las escuelas de teatro. Miren lo que le pasó a la chiquilla que un año corrió tras el emperador cuando este realizaba su visita anual a la escuela para contemplar la representación de graduación. Librándose de sus carabinas y llegando hasta él, le besó la mano, y Alejandro, conmovido, le preguntó qué deseaba. Aprovechando aquel momento, como cualquier oportunista que se precie (siempre he admirado a los oportunistas, dado que yo misma lo soy) ella susurró: «Ser estudiante interna». Y él concedió, pomposamente: «Hecho».
