
– ¿Dónde está Kschessinska? -preguntó. Sabía mi nombre porque yo era la hija menor del gran Félix Kschessinski, que bailó para los Románov durante casi cuarenta años. Quizás hubiera un motivo para que yo le gustase al zar y preguntase por mí: yo era la expresión teatral de su consorte, pequeña, con los ojos brillantes, el cabello oscuro, ondulado. Sí, supongo que fue ese el motivo. Vio que nos parecíamos. Yo gobernaba mi mundo con la misma vivacidad con la cual ella gobernaba el suyo, y ¿acaso no era mi mundo una miniatura del suyo, y sus rituales, sus jerarquías y sus trajes un eco de la sofisticada corte de los Románov? Yo vivía mi vida en un mundo, pero puse el pie (o la zapatilla, mejor dicho) en el otro.
Aquel día, el día de la actuación de mi graduación, en la cual conseguí el primer premio -un pesado volumen de las obras completas de Lérmontov, que nunca leí pero me propuse usar para prensar flores y ni siquiera abrí para darle ese uso-, el emperador trasladó a la joven que iba a sentarse a su izquierda en la modesta cena de la escuela y me puso a mí en su lugar; colocó a Nicolás a mi izquierda y luego dijo: «No tonteéis». Así quería indicar precisamente lo contrario, por supuesto. Si el emperador era un gigante, el zarevich en cambio era un fauno: pequeño, de complexión ligera bajo su uniforme, con las mejillas bonitas y suaves. Yo solo le había visto de lejos antes de aquel día, pero ahora los dos, él y yo, éramos casi adultos; él acabaría con sus tutores y lecciones aquella primavera, y aquel mismo año ocultaría la suavidad infantil de su rostro con su nueva barba, pero aquel día, sus mejillas y barbilla estaban todavía expuestas y le daban un aire amable, y aquello me dio un valor que, de haber mostrado un aspecto más formidable, yo no habría tenido.
