Nuestra presentación inicial no fue por accidente: ocurrió bajo los designios directos del emperador, como ocurría todo en Rusia. A fin de cuentas, el país entero era el feudo del zar, y existía solo para su placer. Nosotras, las chicas de las Escuelas Imperiales de Teatro, no éramos ninguna excepción. Entre nuestras filas, los emperadores y los grandes duques, los condes y los oficiales de la guardia, elegían a sus amantes y le echaban el ojo a una pierna bien torneada o a una cara bonita. Uno de ellos incluso llegó a describir el ballet como una «exhibición de bellas mujeres, un lecho de flores en el cual todo el mundo podía coger las que quisiera a placer». Los oficiales de caballería seguían a los coches repletos de chicas mientras viajábamos desde la escuela al teatro -una tradición que databa de décadas atrás, previa incluso a la construcción del Mariinski, cuando los coches llevaban a las chicas al antiguo Bolshói en la plaza del Teatro, donde bailaba mi padre antes de que fuese arrasado en 1886-, llamándonos y preguntándonos nuestros nombres, que nuestras damas de compañía nos prohibían darles, aunque nosotras quisiéramos hacerlo. Yo tenía que llevarme la mano a la boca para evitar que se me escapara el mío: Mathilde-Marie. Para mantenernos puras y protegernos de la sífilis, que era una plaga en la ciudad, nos secuestraban de toda influencia exterior… y también nos apartaban de los chicos de la escuela. Las chicas estábamos todas amontonadas en el primer piso; ellos, en el segundo. Dormitorios separados, escuelas separadas, salas de ensayo, comedores separados.



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