Sabíamos que existían los chicos, por supuesto, porque durante las clases de baile practicábamos con ellos los minués y las quadrilles, donde nos veíamos obligados a tocarnos, pero no se nos permitía mirarnos los unos a los otros a los ojos al hacerlo. Las gobernantas nos vigilaban estrechamente, se nos echaban encima al momento ante cualquier señal de conducta descarada y nos regañaban. Nuestra ropa de diario era ridículamente pudorosa, con vestidos llenos de hebillas y delantales encima, y por debajo de las faldas llevábamos medias largas y oscuras; nuestro atuendo para practicar era una versión hasta la rodilla de un vestido de calle; nuestros abrigos forrados de piel eran tan oscuros y sobrios que los llamábamos «pingüinos». Y parecíamos pingüinos vestidas con ellos, balanceándonos por el patio, la única libertad que se nos permitía. No podíamos practicar juegos violentos: nada de bicicletas, ni pelotas, ni trineos o patines para el hielo, nada de espadas de juguete para los chicos. Éramos propiedad del Ballet Imperial, y si nos hacíamos daño no servíamos para nada y el dinero invertido en nosotros se desperdiciaba. A la hora de comer y cenar las institutrices nos contaban de dos en dos, alineadas al acudir al comedor. Por la noche, las demás estudiantes dormían en una enorme habitación con cincuenta camas o más, todos los lechos vestidos de blanco como el ataúd de un niño, y a la cabecera de cada uno, una mesita pequeña con un icono y el número escolar de cada chica.

¿Por qué todos esos números y todo ese recuento? Para asegurarse de que lo que le había ocurrido a una chica hacía algunos años no volviera a suceder. Su fuga con un oficial de la Guardia Montada fue un escándalo impresionante. Cada tarde ella ponía alguna excusa para quedarse en la ventana del dormitorio y verle cabalgar, un espectáculo demasiado seductor para resistirse, con su uniforme blanco y su casco plateado, dirigiendo dos caballos zainos.



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