
No importaba. Cuando el zar Alejandro II, abuelo de Niki, fue asesinado, a su segunda esposa (que había sido su amante durante largo tiempo; ninguna mujer Románov había olvidado aquellos años) no se le permitió acudir a su funeral. Desgraciadamente, él murió antes de convertirla en emperatriz y legitimar así la posición de los hijos que había tenido con ella. A su súbita muerte, la primera familia de él se dirigió de inmediato contra ella. Le habrían arrebatado hasta el título de princesa, si hubiesen podido. ¿Y qué culpa tenía? Tenía diecisiete años, y el emperador cuarenta y siete, cuando se conocieron paseando por el Jardín de Verano, con sus cuatro grandes avenidas que conducían al Neva; sus tilos y sus arces que alzaban muros de verdor a través de los cuales se filtraba el aroma húmedo de aquellas aguas; sus verjas de hierro forjado que impedían el paso a perros;
muzhiki con sus camisas de alegres colores y sus altas botas, la clase trabajadora y judíos. ¿Quién pidió a la joven Ekaterina que le esperase en una habitación apartada del segundo piso del Palacio de Invierno? ¿Quién le dio hijos? ¿Quién la trasladó finalmente a aquel palacio? Ella era una Dolgoruki, hija de un príncipe, de una de las familias boyardas más antiguas de Rusia, y aun así las mujeres de la corte la tachaban de intrigante, de fornicadora, de trepadora social. Imagínense lo que dirían de mí.
Ella tenía diecisiete años, una jovencita que paseaba por un parque, junto a los Campos de Marte.
Y yo también tenía diecisiete. Y la semana después de la graduación, con mis mejores galas, el cabello bien rizado a la moda de la época, anduve no por el Jardín de Verano, sino a lo largo de la Perspectiva Nevsky, ansiosa de que mi primer encuentro con Niki fuera seguido por otro, durante el gran paseo que se daba cada tarde después de la comida y que acababa antes de que anocheciera, momento en que los trabajadores colocarían sus escalas de calle en calle y encenderían las lámparas de gas a mano, antes de las reuniones, fiestas, cenas y bailes nocturnos.