
Entra en un pequeño café frente a una plaza en cuyo centro una fuente antigua escupe chorritos de agua desiguales. Elige una mesa junto a la ventana, justo como su madre le advirtió desde niña que nunca hiciera, porque “solamente una mujer que busca guerra se coloca sola en exposición”. El lugar es pequeño pero acogedor; han empleado mucha madera para su decoración. Madera en el mostrador, madera en el piso, madera en el techo, tanta madera que tiene la calidez de un hogar. Ahí ha metido mano un decorador, no hay duda. Hay incluso un cierto toque de audacia que sólo alguien que sabe, un profesional, pudo haber ideado con tal éxito. Jamás se le hubiese ocurrido combinar el tapizado rojo de las sillas con el violeta estridente de las cortinas y, sin embargo, queda muy bien. Y las servilletas dobladas en abanico sobre los platos de postre son un encanto. ¿Cómo harán para dejarlas así? A ver, si se desdobla y se siguen los pliegues, no, no, así no es, aquí hay también un truco de plancha, de otro modo no se explica que queden así tan paraditas.
– Buenas tardes. ¿En qué puedo servirle?
Ni siquiera había pensado en comer. Entró allí como pudo haber elegido un banco de la plaza. La muchacha le alcanza una lista.
– Tómese su tiempo, no hay apuro.
Claro que no lo hay, apenas son las tres y veinte. Quizá pueda volver a su casa. No. ¿Para qué? Daniel avisó que volvería tarde y los chicos quién sabe dónde andarán. Si vuelve se pondrá a limpiar y caerá en la depresión de esta mañana. ¡Ni loca! ¿Cómo estará Daniel con sus ejecutivos? ¿Y si lo llama a la agencia? No, tal vez esté en lo mejor de la reunión, a punto de dar una estocada triunfal, y ella interrumpiendo; no, jamás se lo perdonaría. Pero ¿y si no es así? ¿Y si está esperando que ella lo llame para preguntar cómo ha ido todo, para desearle buena suerte? ¡Un momento Elena! ¿Qué te pasa? ¿Tus deseos no cuentan? ¿Qué te hace feliz en este momento?
