Abre un poco la puerta del probador para llamar a la mujer y ve cuando ésta le muestra a la señora gorda un camisón rojo, muy llamativo, notoriamente más ancho que largo. De lejos, parece una carpa de circo. La señora aplaude, da unos saltitos, abraza a la otra que ya ha puesto la prenda en una caja. Paga, otro beso y sale hacia un auto negro que ha estado detenido en la puerta esperando, sube al asiento de atrás y desaparece haciendo morisquetas por la ventanilla.

– ¿Cómo me queda?

– ¡Perfecto! ¿Cómo lo siente?

– Parece que no llevo nada.

– Eso es bueno. Y ¿cómo se siente?

– Cómoda.

– ¿Linda?

– Sí, por qué no.

– ¿Atractiva?

– También.

– ¿Seductora?

– Bastante.

– Así se ve.

– Gracias, yo no pensaba llevar nada, pero la verdad es que me gusta mucho. ¿Tiene ropa interior que haga juego?

– Sí, ¿quiere verla?

– Por favor.

– ¿Todo azul, entonces?

– Es un lindo color y bastante más discreto que el que llevó la señora.

– Ah, es una vieja clienta, casi de los comienzos. A esta altura le hago la ropa a medida.

– Es claro, con ese cuerpo no creo que encuentre ropa de este tipo, digo, así tan bonita y tan, tan…

– ¿Erótica?

Elena se prueba el resto de las prendas. Las llevará todas y punto. Sale del probador. La mujer la está esperando detrás de una mesa baja que hace juego con el marco del espejo. Está mirándose las manos, acaricia la izquierda con el pulgar derecho, luego con toda la mano. Hace lo mismo con la otra, lenta, suavemente. Después estira los brazos y las mira de lejos. Los brillantes engarzados hacen extraños juegos de luz con un rayo de sol que se cuela entre las puntillas. Tiene un aire aristocrático, un estilo refinado y algo altanero; no es simpática y, sin embargo, inspira confianza. A Elena le gustaría conocerla un poco más, saber de dónde ha sacado ese aspecto de institutriz.



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