Felipe no podía comer pasas. Pero ese grumo morado en medio de la mostaza del pañal era una pasa. Lucía cerró el pañal con el mismo movimiento con que las vendedoras del shopping habían envuelto los regalos de Navidad. Buscó uno limpio debajo del cambiador y sostuvo con la mano izquierda al bebé, que se agitaba como una lombriz patas arriba y repetía “nenenene”.

– Mamá. Felipe. Felipe. Mamá-dijo señalándose y señalándolo.

– Nenenene -insistió Felipe.

La cabeza despeinada emergió de la remera de Mickey. Lucía le puso la colonia con que lo habían perfumado por primera vez en la nursery de la clínica. El olor le quedaría en las manos hasta la noche. En otra época usaba perfumes exóticos, de cítricos y maderas. Ahora olía como todos los bebés que nacían en la Clínica Bazterrica.

– Vamos a abrir la persiana que ya es de día -le dijo a Felipe, que empezó a jugar con el cordón de la cortina hasta que ella le puso un oso de peluche en cada mano. Al salir de la habitación se clavó la punta de la mesa de luz en el muslo.

– Papá -dijo Felipe señalando el bulto informe que roncaba bajo la sábana. Agitó su manito, adiós.

– Sí -dijo Lucía-, papá.

Hundió la cara en la nuca blanda. Por debajo de la colonia había un suave olor a azufre.

Dejó a Felipe en el piso del baño y abrió la canilla.

– Ahora mamá va a bañarse mientras vos jugás acá con Barny y Donald. Después vamos al jardín.

Felipe se apoyó en el borde de la bañadera empuñando un ejemplar despedazado de Alí Baba y los cuarenta ladrones que acababa de encontrar en el canasto de la ropa sucia.

– No, ahora mamá no puede leer.

El libro cayó al agua. Después cayeron Barny, Donald, el champú, la jabonera y la crema de enjuague. Como ya no tenía nada más que tirar, Felipe señalaba las páginas mojadas y lloraba. El chupete. ¿Dónde había quedado el chupete? Felipe salió del baño pero no volvió con el chupete sino con un papanoel de felpa y los osos de peluche, que también fueron a parar al agua.



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