
– Ahora mamá va a lavarse la cabeza -siguió Lucía sin mirar los muñecos cubiertos de espuma. Desde que Felipe había nacido, mucho antes de que pareciera entenderla, se había convertido en una relatora de sí misma-. Ahora mamá se seca.
Se miraron por el espejo del baño. Vio la cara sonriente de su hijo y después un cuerpo desconocido, con una marca roja en el muslo. Salió de la bañadera y se envolvió en la toalla.
Se puso los zapatos mientras Felipe le tironeaba la toalla de la cabeza. Llegaban tarde. Buscó el bolso y de repente se encorvó husmeando el aire como un gato. Había dejado el pañal sucio en el cuarto. Felipe lloraba y daba golpecitos en la puerta para salir. El chupete también estaba sobre el cambiador.
Corrió a la cocina con el pañal, lo metió adentro de una bolsa de nailon y lo tiró a la basura. Felipe la siguió con su andar de pato y la mochila en la mano. Lucía anduvo también como un pato unos pasos. Sonrió: ahora iba a andar así todo el día.
– Orrr -roncó Felipe. Los ronquidos de Carlos se oían incluso desde la cocina.
Guardó el táper del cereal y el de la fruta en la mochila de Felipe. Se cortó un trozo de budín para comer por el camino. Era un budín de pasas.
El olor a cigarrillo y a encierro la hizo retroceder en el umbral como si hubiera destapado una olla. Apoyó las llaves sobre la mesa y Felipe corrió a abrazarse a sus rodillas.
Carlos dejó caer el libro de La princesita caprichosa. Se levantó del sofá, le dio un beso y le miró los labios pintados.
– Hoy estuvo terrible -dijo.
Felipe sacudió su dedo: “nonono”. Se reía y tenía el pelo mojado de champú. Lucía lo saludó: índice con índice, el saludo de ET. Después le dio un beso de sapo y se quedó un instante contra su carita acolchada.
– Qué calor. -Prendió el ventilador de techo y las aspas hicieron titilar las guirnaldas del árbol de Navidad.
