– Va a vomitar -dijo Carlos otra vez.

Lucía lo incorporó y lo alzó en brazos, y la ola de vómito los alcanzó a los dos. El llanto se hizo más fuerte, incontenible. Corrieron al baño a limpiarse. Lucía se sacó el camisón y arrancó las sábanas de la cama, y se acostaron desnudos sobre el colchón que olía a leche cortada. El bebé en medio de la almohada, como un cartílago que unía el cuerpo de los dos.

Habían dejado la ventana abierta para que entrara algo de aire, pero sólo entraban las bocinas y las frenadas de los autos. Lucía pensó en la ropa sucia en la bañadera, en los pies sucios de Carlos. Enterró su cara en el pelo del bebé, como esos chicos que aspiran pegamento para drogarse, y se durmió.


– ¿Te gustan los gatos? -le había preguntado Elsa en la oficina.

– Sí -dijo Lucía, sin apartar la vista de la pantalla. Habría contestado lo mismo si le hubiera preguntado “¿te gustan los mariscos?” En realidad no le gustaban, pero nunca servían mariscos en el bar en el que comían al mediodía. Ni gatos.

– Entonces te voy a pedir un favor.

Lucía dejó de teclear, miró hacia el otro escritorio. Elsa le devolvió una mirada ansiosa y volvió a su teclado. Hubo un silencio incómodo, tan largo que la pantalla mostró la foto de Felipe junto al árbol de Navidad, con su remera de Mickey y una cuchara azul en una mano.

– Mi gata parió ocho gatitos y no puedo tenerlos.

Elsa le había vendido rifas, cremas de aloe vera, cosméticos, tupperwares. Esta vez se trataba de un gato.


Lucía llevaba el gato adentro del bolso de lona, sobre la falda, porque estaba prohibido subir al subte con animales. Apoyó las manos sobre el bulto tibio, como cuando estaba embarazada, pero le pareció que así atraía más las miradas, además, la pollera había empezado a pegársele a las piernas por el calor. Puso sus manos a los lados del cuerpo y el gato acabó por deslizarse fuera del bolso. Por suerte ya estaban por llegar. No había pasajeros en el asiento de enfrente y el suave ronroneo se confundía con el traqueteo del subte.



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