– ¿Por qué le cantás Malena? -preguntó Carlos. Revolvía con la cuchara el fondo de la licuadora.

Lucía no contestó. Abrió la alacena e inspeccionó el contenido de las cajas de pasta.

– ¿Qué querés comer? ¿Hago tallarines?

– Mno, me termino la papilla de Felipe.

Volvió a encerrarse en su estudio, esta vez sin llave. Lucía apoyó el oído contra la puerta, pero no oyó el teclear de la máquina. Abrió la heladera: danoninos, yogurts de soja e ingredientes para papillas. Olió el envase de la leche descremada y lo vació en la pileta. Motas y coágulos blancos sobre el acero. Calentó leche entera y llenó un vaso y una mamadera. Les puso miel y una cucharada de cereal. Dejó la mamadera de Felipe sobre la mesa de luz y se tomó su leche sentada en la cama. Se quedó dormida con el vaso en la mano. Del otro lado de la pared, Felipe respiraba despacio.


La remera húmeda de Carlos. El olor violento a café, sudor y tabaco, y su propio aliento, empastado de leche y sueño. Cerró los ojos e hizo memoria: Carlos tenía esa remera desde la tarde anterior.

Los despertó el llanto de Felipe.

– La mamadera está sobre la mesa de luz -murmuró Lucía-. Pero seguro que hay que hacer otra.

Carlos se levantó y fue hasta el cuarto de Felipe sin calzarse las pantuflas. Destapó y olió la mamadera y fue a la cocina a hacer una nueva.

El ruido de la leche entrando a borbotones en la garganta. Un llanto cortito y el tchuptchup del chupete.

Pasaron unos minutos, o quizás unas horas, hasta que Felipe volvió a llorar. Lloraba y tosía. Tosía y lloraba.

– Va a vomitar -dijo Carlos, pero no se movió.

Lucía se levantó de la cama, se puso las pantuflas al revés y fue hasta la cuna. Felipe parecía más pequeño y al mismo tiempo mucho más pesado de noche. Tosía y tenía la cara roja de llanto. Lo llevó a su cuarto y lo arrastró como una bolsa hasta la almohada. Pero seguía tosiendo y llorando.



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