
Trató de no saberlo y no pensarlo y se hizo con mil razones un ensalmo: “eso es asunto de cada quien y yo no soy quién para juzgar a quién” repitió durante horas, durante días, durante meses. Llegó a tal grado su despliegue de imperturbable serenidad que incluso consiguió engañarse hasta pensar que no pasaba nada, y que si algo pasaba en otra parte a ella nada le pasaba. La libertad que se prometieron una tarde de luz naranja, entre las sábanas de un hostal para estudiantes, no merecía tocarse con reproches.
Un año se fue así, como si no se hubiera ido, hasta que el viento la encontró mirando a su hombre dormir una siesta con tal abandono bajo los párpados y tal sosiego en las manos, que de sólo pensarlo durmiendo así en otro lugar ella hizo a un lado la serenidad y, sin remedio, quiso imaginar los laberintos entre los cuales podía esconderse el minotauro que ordenaba la vida secreta de su cónyuge. Porque de todas sus impensables conjeturas: una morena y una rubia bailándole el ombligo, una chilena y una sueca alabándolo con la poesía de un danés dibujada en tinta china, una socióloga pelirroja y una tímida economista dándole besos en los oídos, una sicóloga en cuyas manos no estaría a salvo ni el doctor Freud, una bruta con rizos y camisón de encaje, una lista de falda sastre y mocasines Ferragamo. Una rezándole a Sarita Montiel y la otra haciendo el análisis de adivinar qué estadísticas, una que se sabía poner borracha y otra que se sabía venir aprisa. Todas juntas y bizcas, haciéndole el amor en mitad de un parque, no eran la peor de sus alegorías, porque de todas esas, y otras más, la única que le dolía raro y justo abajo del alma era pensar que podría haber en el mundo alguien frente a la cual sería posible que él durmiera una siesta abandonado así, como en su casa.
