– Tato -dijo Felipe. Lo trataba con cuidado y ternura, como si fuera un bebé más chico.

Lucía se inclinó para acariciarlo. No era un gato de raza. Los gatos pequeños no tenían raza, como los bebés. Una constelación de manchas blancas le cubría el lomo. Una mancha pequeña, oscura, acababa de crecerle cerca del hocico. Felipe se acercó más y le tocó una oreja, y Lucía se quedó un rato acariciando a los dos.


Una semana después, Tato y Felipe ya comían la misma comida. No eran papillas sino trocitos de carne, verdura, frutas. Cada uno en un extremo de la mesa enana.

Lucía les leía Ali Babá y los cuarenta ladrones y Tato paseaba un poco por el living antes de echarse junto a Felipe a los pies del sofá. Cuando llegaba la hora de dormir, los seguía hasta el cuarto, pero Carlos iba a buscarlo y se lo llevaba a la cocina. Mientras Carlos cocinaba, Tato volvía a cenar. Más tarde se acurrucaba a sus pies en el estudio, junto al ventilador. Lucía llevaba una taza de café para Carlos y un bol de leche para Tato. Cada tanto, Carlos dejaba de teclear y apoyaba su mano en el lomo del gato.

Cuando Lucía llegaba del trabajo se encontraba a los tres en el sofá. Un olor punzante como el sol a mediodía se adhería con pequeñas garras al sofá y la ropa de los tres. Tato había aprendido a orinar en la caja con piedritas de colores que Lucía había puesto en un rincón del baño, como recomendaba el libro. Pero el olor lo acompañaba por toda la casa.

Una noche hacía tanto calor que sacaron el colchón a la terraza. Se acostaron con Felipe en medio de los dos, y Tato veló toda la noche junto a ellos, paseándose por la baranda.

Lucía podía dejar a Felipe y a Tato jugando con una pelota mientras Carlos trabajaba. Tato había resultado ser el único juguete del que Felipe no se aburría nunca, y le enseñaba a buscar los lugares más frescos de la casa. Una tarde Carlos se había distraído y los encontró durmiendo la siesta en el lavadero, rodeados de ovillos de lana, carritos, osos de peluche y animalitos de plástico.



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