– Miau -decía Tato.

– Miau -decía Felipe. Y también tete, mamá, papá, ardilla. Hacía mucho que no decía luna. Desde la llegada de Tato se había olvidado de la luna.


Lucía se sacudió la lluvia del pelo y la ropa y se limpió los pies en el felpudo antes de entrar. Felipe daba vueltas por la casa: “Tatotato”. Carlos estaba desparramado en el sofá, los ojos raros.

– Se fue -dijo alzando los hombros.

Lucía no dijo nada y empezó a buscar a Tato por toda la casa. Iba dejando un reguero de gotas y Felipe la seguía, caminando entre sus piernas como antes hacía Tato.

– Fui al baño. Felipe dormía. La ventana del estudio estaba abierta. Cuando volví a cerrarla, por la tormenta, ya no estaba -Carlos parecía hablar para sí mismo. Se rascaba la cabeza.

Buscaron en las alacenas, en los armarios, debajo de las camas, entre las sábanas, en la biblioteca. Lucía se acordó entonces del consejo del libro: la chapa con los datos para localizar a los dueños del gato colgada del cuello o, mejor, el chip identificatorio detrás de la oreja. Cualquier veterinario podía colocarlo en cuestión de minutos. No le habían hecho mucho caso al libro de los gatos, tampoco al libro del primer año del bebé. Sin embargo algunos consejos eran importantes. Como en las recetas de los libros de cocina: para no equivocarse había que seguir al pie de la letra todos los pasos.

– Fue mi culpa -dijo Carlos.

– No -dijo Lucía-, yo lo traje.

Felipe ronroneaba, como Tato. Había tomado la costumbre de ronronear cuando tenía hambre. Lucía fue a la cocina y buscó galletitas. Le dio una a Felipe, que se pasó la lengua por los labios.

Llenó una mamadera con agua y otra con leche y las puso en el bolso junto con el paquete de galletitas. Dejó todo sobre el sofá, junto a Carlos, y se encerró en el baño. Se delineó los ojos y se puso rimel. No se pintó los labios. Se puso perfume.



32 из 109