
– Hablemos del amor -le dije mientras nos servíamos unas copas de Fresita-, a ver si se me ocurre algo.
– Con el humor que tengo hoy -contestó ella.
– Los que a todos nos gustan son los amores de película -seguí yo sin hacerle caso- y ésos son difíciles de encontrar en el cine de nuestros días. Hay excepciones, claro. No sé si te fijaste pero en Pulp Fiction, y en otros guiones de Tarantino, las parejas se llevan de película; intercambian apelativos afectuosos como conejito y conejita, satisfacen sin conflicto los deseos del otro, son socios en lo más duro de la vida.
– Sí, pero también de la muerte -dijo mi amiga-. A mí me parece que no es cuestión de andar así como así con una ametralladora en la mano, matando gente o asaltando bancos aún teniendo en cuenta que encontrar un hombre que a una la quiera resulte tan difícil.
– No, claro -dije yo-, y tampoco pensaba recomendarlo. Situarse al margen de la ley en el afán de amar y ser amado, debería constituir un recurso de última, una vez agotadas las demás posibilidades.
– Eso podría ser -reflexionó mi amiga.
Nos llenamos las copas. Ella trajo aceitunas.
– Fijate que la literatura también suele proporcionar malos ejemplos -dije yo.
– Últimamente no estoy leyendo nada.
– Bueno, no importa, pero seguro que conocés la historia de un señor llamado Fausto, producto de la imaginación de otro señor llamado Goethe. El primero era un viejo y sedujo una vez a la hermosa y casta Margarita…
– La que después se corta el cuello.
– No exactamente pero no importa, porque el problema, a mi entender, no es Margarita sino la búsqueda de la Mujer Ideal. Fijate que Fausto no para hasta conseguir que el diablo le ponga ahí adelante nada menos que a la mismísima Helena de Troya, ¿y qué te creés que hace cuando la tiene ahí, junto a él, y el diablo puede entregársela?
