
– ¿Qué hace?
– Se desmaya. Parece que son los efectos que causa la Mujer Ideal.
Mi amiga se quedó mirándome, no suele llevarme mucho el apunte en mis disquisiciones, pero yo había pensado muchas veces en eso de la Mujer Ideal y la prueba más rotunda de su inexistencia es que no hay entre las mujeres que atraviesan el mundo, creo yo, ninguna que haya visto a su amado tendido a sus pies cuan largo era, a consecuencia de lo cual se sintiera en la obligación moral de llamar a la ambulancia.
– A mí me parece -dijo mi amiga- que para los tipos la mejor mujer siempre es la de otro.
– A eso voy. Para seguir con Goethe, ni bien vio la luz Las desventuras del joven Werther, historia de un poético muchacho enamorado de la prometida de su mejor amigo, en Alemania hubo una ola de suicidios.
– Qué exagerados. Yo lo que te puedo dar son ejemplos del cine. Un amor paraguayo de película es el de La burrerita de Ipacaraí. A Isabel Sarli la matan por error; Armando Bo, que hace de un malviviente a quien le interesa únicamente el dinero, la alza en brazos y se arroja con ella a las cataratas del Iguazú. ¡Con lo que son las cataratas! Y tampoco hay que olvidarse de lo que ayuda la música, porque el arpa melancólica que suena atrás y la voz que canta “Una noche tibia nos conocimos bajo el cielo azul de Ipacaraí” mientras ellos se van hundiendo… Es ridículo, ya sé, pero no me vas a decir que no te conmueve. O si no mira Matador, ella y él se asesinan mutuamente mientras el audio reproduce: “Espérame en el cielo, corazón, si es que te vas primero”. Qué cosa, che, el amor y la muerte, no hay caso.
– Claro -dije yo-, pero los dos eran fanáticos de Duelo al sol, y quién se olvida de esas manos que se juntan sobre la arena con el último suspiro.
