Llegamos a la conclusión de que en esto de enamorarse el cine y la literatura nos habían dado una buena mano. Por amor él se hace a un lado en Casablanca y sucumbe Aschenbach a la peste en Muerte en Venecia. Ahora sí, resulta imprescindible tener en cuenta que un amor de película dura exactamente eso, alrededor de noventa minutos. Más, aburre.

En eso sonó el teléfono y mi amiga fue a atender con la copa en la mano. Cuando volvió traía los ojos como dos luceros.

– Apareció -dijo-, me invita a cenar. Pero ya sabés cómo es. Lo más probable es que empecemos a los gritos antes del postre. Así que ¿por qué no te quedás y escribís la nota en mi computadora y cuando vuelvo me la leés? De paso me va a venir bien porque seguro que voy a estar deprimida.

Me indicó lo que había para cenar en la heladera, se bañó en un santiamén y después siguió brindándome instrucciones desde el cuarto, mientras se vestía.

Recostada en el sillón yo la miraba. Hay pocos espectáculos de la vida cotidiana tan seductores como ver adornarse a una mujer que va al encuentro de su amado. Una vez me confesó que los hombres le decían que tenía cuerpo de nena.

– ¿Y si no se pelean en el postre? -grité para que me oyera.

– ¡Ah, no! -contestó ella-. Aunque no nos peleemos que ni sueñe con tenerme hoy en su cama. Que espere. Que sufra como me hace sufrir y esperar a mí.

Me dio un sonoro y perfumado beso y salió ondulando con levedad las caderas. Oí el taladrar de sus tacos de aguja en el pasillo mientras esperaba, por lo visto ansiosamente, el ascensor.

Me senté a la computadora. Mucho cine y literatura, pensé, y escribí:

“Los relatos de los hombres y mujeres extraliterarios son menos grandiosos. Suele condensarlos un lamento:

– No me llamó.”

Estuve a punto de detenerme a leer cada palabra, como suelo hacer, pero de pronto decidí seguir hasta el final sin censurar lo que se me fuera ocurriendo; con eso, al menos obtendría un borrador sobre el que después podría seguir trabajando. Continué.



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