Furmann aprobó todo (por supuesto) y prácticamente no discutió las condiciones. Si había un momento para celebrar, era éste.

El auto de Donato la esperaba en el estacionamiento de la empresa, majestuoso y solitario. Era un Audi A4 azul profundo, con el tapizado de un gris sutil sutil. Oh Dios.

Rebeca accionó el aparatito a dos metros de distancia, pliqui, y las cuatro perillas de seguridad se abrieron al mismo tiempo. Oh Dios.

Entró al auto, oh Dios, y dejó que el cuero suave de ese gris sutil sutil la envolviera. Cerró los ojos, hacía rato que no sentía tanto placer. El asiento de ese auto era como el abrazo de una madre, como el pecho de un hombre, como un edredón de plumas sobre unas sábanas muy suaves, muy tirantes. El olor de la tecnología, el arrullo del futuro. Oh Dios.

Rebeca encendió el motor, un ronroneo, y salió del estacionamiento. Con infinita cautela, el auto era enorme.

En dos minutos exactos se sintió como si toda la vida hubiese manejado autos de ese tamaño. Tomó el bajo, Figueroa Alcorta, el río. Puso música, aire acondicionado, se dejó, se dejó. Nunca se sintió más vulnerable, más disponible.

Si no miraba el tablero ni se daba cuenta de que iba a ciento sesenta kilómetros por hora. Cómo pudo vivir dependiendo de los taxistas con sus radios estridentes. Con su olor a tabaco y desinfectante.

Se sintió protagonista de todos los avisos publicitarios. Alta y bella. Ay, Tato, existen tantas formas de ser accesible.

Los diez días pasaron también a toda velocidad. Rebeca devolvió el auto perfectamente lavado y con el tanque lleno. Rebeca es un caballero.

Más tarde, en su escritorio, tomó el teléfono y pensó un instante. ¿Un minicooper? ¿Soportaría tanta sensualidad? No. Esto no era una aventura sino matrimonio. Llamó a la agencia de siempre y preguntó cuáles eran los colores nuevos del Megane.

Rosa Montero




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