
Veintidós días más tarde Villa la llamó por teléfono e hicieron una cita en el bar contiguo a la peluquería, tal vez por cábala. Rebeca apenas prestó atención al relato del hombre y los papeles que le daba. Después de descontar gastos y comisiones, le entregó una buena cantidad de dinero y una fuerte recomendación de hacer el trámite de la transferencia, que ella por supuesto olvidó al instante. Rebeca estaba feliz e invitó el café.
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Poco después de aquellas navidades Tato Welsh se fue a Seattle a un congreso de arquitectos y no volvió nunca más. Rebeca pensaba en él cada vez que buscaba un taxi. Extrañaba su auto con desesperación. Ahora era una chica accesible y vulnerable que no conseguía taxi. Marzo tórrido en Buenos Aires: la gente loca y el pavimento derretido por el sol. Rebeca fue a la oficina en colectivo.
Donato, su jefe, la esperaba con buenas y malas noticias. La mala noticia era que esa tarde tendría que hacer sola la presentación de Furmann (cliente principal de la agencia) porque él tenía que ir a Madrid por diez días.
¿Esa es la mala noticia? Rebeca puso una cara neutra y se reservó su comentario.
La buena noticia era que le dejaba el auto. Memelsdorff viajaba con su mujer y no quería dejar el auto al alcance de su hijo de diecisiete años.
Rebeca se dejó puesta su cara neutra. Tenía muchas leyes para su vida de trabajo, pero en este caso sólo pensó en una:
a. No beses a tu jefe en la boca no importa lo que pase.
