
Para todas las pérdidas tuvo Clemencia al uso la frase de la hermana mayor: “la vida siempre devuelve”. Se la había oído decir un día que se puso en filósofa, y de tal frase se hicieron mil versiones a lo largo y lo ancho de cuanta pérdida y hallazgo hubo en la obra de arte que quisieron hacer con ese viaje.
No tuvieron ni un sí, ni un no, ni un entredicho. No pelearon ni por las cuentas, ni por los restoranes, ni por el tiempo que cada una quería pasar en cada tienda, ni por el ocio que cada cual quería poner en diferente sitio.
Cargadas con un libro de proverbios budistas, uno de viajes en veleros antiguos y otro con los mejores cuentos del siglo diecinueve, se hicieron a la mar y al cielo, para ver qué pasaba en lugares menos recónditos que los que caben en los sueños de un marido.
Y hubo de todo en ese viaje: en España los ojos vivos de risa de una mujer excepcional, las flores de Tenerife hablando en verso, la repentina voz de un lobo al que es imposible no verle las orejas porque sólo su corazón las desafía, la deslumbrante bondad de una merluza bajo la luz de una rotonda de cristales, la seda de un jamón de bellota, el aroma a jazmín de un arroz con leche, la película de Almodóvar y las dos bocas de Gael García.
