
En Venecia las tres exhaustas y aventadas a la mala suerte de coincidir con la mitad del festival de cine, las tres con sólo sus seis brazos cargando el equipaje para cuatro semanas y diez distintos climas, las tres subiéndose por fin a un taxi que, como cualquiera bien sabe, allí es una lancha guiada por un bárbaro. Las tres frente a la tarde aún dorada y andando sobre el agua con el juicio en vilo con que uno mira la ciudad si respeta el milagro que la mantiene viva. “Nessuno entra a Venezia da stranniero”, escribió el poeta y recordó una de las hermanas que en asunto de versos tiene la rara memoria de los que todo olvidan menos lo que conviene.
Hay un león con alas mirando al Gran Canal y esa noche un atisbo de luna en el cielo sobre la plaza que quita el aire y lo devuelve sólo si está tocado por su hechizo. Un haz de luz prestado por la muestra de cine pintaba de violeta el marfil de la catedral. Debajo de este orden, un caos con los arreglos hidráulicos de una compañía coreana prometiendo redimir el futuro del suelo que se hunde. Y al fondo del tiradero el insigne reloj, aún cubierto de andamios, al que por fin le sirven las campanas, dando las doce para anunciar la media noche. Tocaban al mismo tiempo las tres bandas de música y bajo el león bailaba una pareja suspendida en sí misma. ¿Quién quería irse de ahí al mal proceder de indagar en qué anda su marido? Nadie, menos Clemencia que como si le hiciera falta tuvo a bien decidir enamorarse del león. Porque “la vida compensa” y esa fiera desafiando la inmensidad parecía declararle un amor de esos que a nadie sobran y todo el mundo anhela.
La hermana mayor en los últimos tiempos había perdido el sueño de modo tan notorio que cuando todo el mundo sucumbía a su lado, ella seguía moviéndose por el cuarto del hotel como si tuviera miedo de que al dormir fueran a perdérseles las llaves de algún reino. Sin embargo, hasta ella se había ido a la cama cuando Clemencia entró al cuarto, del palacio en que dormían, con el león en el alma y el desayuno en bandeja.
