
Armaduras italianas con los brazos reunidos sobre un mandoble pulido, una armadura de caballero con el caballo de madera cubierto de hierros y arneses. Arcabuces, ballestas, escudos, espadas y aquellas armas extrañas de lejanas guerras, sables curvos y cascos con una media luna encima. También banderas y pendones desgarrados. Galarza le explicaba los combates de donde provenían, Pavía, Mulhberg, Túnez, y le contaba las hazañas del Emperador. A caballo con la armadura puesta, de pie bajo la tienda dando las órdenes del combate, entrando al galope, majestuoso e impotente entre los piqueros enemigos. Galarza describía las formaciones, los movimientos, el empleo de las armas y muchas anécdotas en las que él mismo aparecía realizando hazañas.
Con frecuencia lo veía Doña Magdalena. Le costaba trabajo hallar el modo de hablarle. Le había dicho: "No me llames señora ni Doña Magdalena. Desde ahora soy para ti otra cosa. No soy tu madre pero trataré de serlo. ¿Por qué no me llamas, más bien, tía?". Le costó trabajo atreverse. Se enredaba en las palabras para no tener que llamarla ni señora ni tía. Pero cuando estaba solo empezaba a sentir la nueva ternura de aquella presencia desconcertante.
Los capellanes estaban con él gran parte del día. Don García de Morales, alto y solemne, con su cuidada sotana y sus ojos de angustia, que debía explicarle la religión y la filosofía. No se limitaba a las largas y tediosas horas de clase, donde quiera que lo topaba reanudaba el monólogo sobre la divinidad, los santos, los misterios y los famosos maestros de Teología que había conocido en Salamanca. Decía Salamanca como Galarza decía Pavía. Le hacía preguntas sobre los puntos de la lección del día, pero las más de las veces se soltaba en una confidencia solitaria, para la que no parecía esperar respuesta. Nunca logró olvidar aquellas extrañas lecciones y aquel tono de voz.
No parecía hablar para él sino para alguna otra presencia que el niño no podía advertir.
