"Alemania es la tierra de las herejías.» Decía y se persignaba: "El diablo tiene invadida esa tierra, por eso el Emperador ha tenido tanto que combatir en ella. La temible peste ha llegado a los teólogos. Allí apareció el padre de todas la abominaciones, el demonio mismo, Martín Lutero. De nada le valió ser fraile agustino, ni estar protegido en el convento, ni esforzarse en estudiar la Escrituras Santas y los Doctores. Era el diablo el que lo había escogido y lo llevaba a todas sus monstruosidades. Aquel mal fraile no sólo repudió la autoridad del Papa, los dogmas más santos, sino que elucubró los mayores disparates llevado por la soberbia del pensamiento. Lo más engañoso que hay, Jeromín, es la apariencia". Se le ponía la voz temblorosa al hablar de aquello.

«El Emperador lo tuvo en sus manos y, sin embargo, lo dejó ir. Sólo Dios y él saben por qué procedió así.» No era sólo con soldados que había que combatir. Galarza y Diego Ruiz no hablaban sino de los soldados, pero ahora, gracias a Don García, había sabido que había mucho más, que los soldados no eran sino los instrumentos de los poderes invisibles.

Estaban en todas partes, también en España, y podían estar allí mismo, en Villargarcia, ocultamente.

«Hay quienes le venden su alma por cosas materiales, hay otros que se la entregan, casi sin darse cuenta, arrastrados por el orgullo de saber más.» Le hablaba con pasión de los herejes, de los brujos, los nigromantes, y hasta los gitanos.

«Aquí en España ha habido muchos, desde los tiempos de los godos, en Toledo.» Le contaba cuentos de endemoniados y brujas. Le habló de un famoso doctor que hubo en Alemania, el doctor Fausto. Conoció gentes que lo habían conocido. Le vendió su alma al diablo y recibió el pago. Tuvo poder, sabiduría diabólica y el amor de las mujeres. Jeromín se asombraba. A ese precio era posible alcanzar todo. Don García le explicaba el horrible fin de aquel mal hombre. «Cuando se venció el plazo, vino el diablo a llevarse el alma del réprobo. Lo encontraron muerto, con la cara vuelta hacia la espalda.» Don García llegaba a preferir a los infieles. Por lo menos no engañaban a nadie, iban con el arma en la mano proclamando su falso profeta y se sabía dónde estaban y por dónde venían. Los peores eran los herejes de todas las pintas, judaizantes que fingían ser cristianos, falsos conversos, moriscos que simulaban haber cambiado de fe.



12 из 264