Su padre le hablaba del Emperador. "¿Cómo iba vestido?" Había visto en un manoseado juego de naipes, que a veces sacaba su madre para leer la suerte, la figura de los reyes.

Retacos, lisos dentro de sus vestes rojas y cuadradas, con espadas en la mano, bigotes y barba, y con aquella corona que parecía la miniatura de una muralla almenada. No era así como lo describía el violero. Callado, más bien triste, vestido de oscuro, con una cadena de oro al cuello de la que pendía un carnerito. Su madre venía a interrumpirlos para decir que la cena estaba lista. "Lávate las manos, Jeromín.» El violero se sentaba en un taburete frente al Emperador como se sentaba ahora ante él. Tocaba la gallarda. El Emperador se iba aquietando, se le iluminaban los ojos, le asomaba una sonrisa y hasta llegaba a tamborilear con los dedos sobre el brazo del sillón. "Ésta debería ser la música de los combates." Compases y cadencias que subían y chocaban para rehacerse y volver a recomenzar.

Era para llegar a ese sitio que había emprendido el largo camino. Lo sentía ahora que ya iba a encontrarse en la presencia del Emperador. El camino que comenzó en Valladolid hasta Cuacos, más atrás aún, de Villagarcía, de Leganés y todavía más allá en la memoria perdida, en aquella travesía por el mar, borrada en retazos de recuerdo, desde alguna ciudad de Italia.

Había habido llanto y desesperación de Ana de Medina. Cuando entró a la casa de vuelta del campo, sudoroso, agitado, con miedo, su madre le salió a estrecharlo entre su gruesos trapos sudados. "Se murió tu padre, Jeromín." No hubo más música en la casa, ni tampoco quien le hablara del Emperador.

Lo que había era soporosa enseñanza de la lectura por el Padre Vela o por el sacristán. Se parecía a la salmodia del Oficio de los domingos. "Ele, a, la; ce a, ca; ese a, sa: la casa.» Todos esos sonidos canturreados había que aprender para nombrar aquello que se conocía de memoria, la casa. "Pe a, pa; de ere e, dre: padre." Concluía el canturreo adormecido y empezaba el ancho tiempo del campo. Con los otros muchachos se iba por entre los olivares y los troncos de alcornoque a jugar a moros y cristianos.



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