
Los moros eran los infieles, los que se atrevían a no creer en Cristo, con los que había que acabar. A mojicones, tirones de cabello, ropas desgarradas, terminaban revueltos sobre la tierra.
Otras veces se metía solo por entre los árboles, sin hacer ruido, oyendo la brisa en busca del canto de un pájaro. Allí estaba, a pocos pasos, blanco y negro, piando sobre la rama. Traía aprestada la pequeña ballesta que le habían dado el día de su santo. Tenía su arco, su cuerda tensa, su gancho para disparar. Había que acercarse como una sombra, sin ruido, hasta tenerlo a tiro. Colocaba el dardo, tensaba la cuerda, tomaba la puntería sobre el pómulo, con un ojo cerrado, y soltaba el chasquido del disparo. Caía el pájaro y lo iba a recoger con prisa. Era un pequeño amasijo de plumas, sangre y polvo, lo levantaba por las patas, lo veía contra el cielo y luego se marchaba silbando con el pájaro colgado de un cordel, en busca de otro trino en otro árbol.
Todo estaba quieto en un gran espacio sin término, en un quieto tiempo sin cambios. La doctrina del cura, el deletreo con el sacristán, la aventura de los campos y los pájaros, los moros y los cristianos, los comuneros y los imperiales y los regaños de Ana, en aquella casa que se había quedado sola. La viola estaba encerrada en una caja negra, caja de muerto, sobre el arcón junto al muro. La casa y la vida fueron otras. Ya no se llenó más de música en las tardes. Lo que se oía ahora eran los ásperos regaños de Ana de Medina.
Hasta que llegó aquel día, donde todo empezó a cambiar de manera veloz. Lo primero fue la aparición por el camino de aquella gran caja oscura que rodaba sobre cuatro ruedas, tirada por cuatro mulas. Sobre una de la primeras cabalgaba un hombre de mala cara, sobre el capacete otro, doblado, sosteniéndose con una mano y con la otra moviendo una pértiga para picar las bestias. Detrás dos mulas cargadas de grandes cajas forradas en velludo y por la ventana estrecha de la caja rodante asomaba la cara mofletuda y los bigotes de un hombre pelirrojo y congestionado.
