
Otro día, estando entre el follaje del huerto, vio al Prior conversar con la imponente figura de un señor como nunca había visto otro. Fuerte, alto, de larga nariz acaballada y una barba gris que manchaba el oscuro jubón. Estaba mirando hacia él y hablaba sin duda de él. Sintió miedo.
A la mañana siguiente Prevost lo vino a buscar y emprendieron viaje. Al final de la larga jornada vio el macizo cuadrado de un castillo con cuatro gruesas torres en las esquinas de las murallas. Prevost le dijo: "Es aquí donde te vas a quedar".
Estaba ante el puente y la gran puerta del castillo. Un hombre de aspecto militar se acercó a recibirlos. Se llamaba Galarza y era escudero del castellano. Los guió por los dos patios hasta llegar a la gran escalera de honor. Pesadas arcadas de piedra marcaban las dos plantas. Jeromín se agarró de la mano del señor Prevost.
Subieron la escalera y llegaron al corredor del piso alto. Vio puertas cerradas. Se oía el resonar de pasos. Al final llegaron a la puerta de un salón grande y oscuro.
Se detuvo. Prevost hizo una gran reverencia ante una señora sentada en un sillón. No había visto nunca una mujer así. Los encajes, la sedas, el lento gesto de las manos, y una voz más limpia y timbrada que la del oficiante en la misa. "Señora, es un gran honor para mi entregarle este niño, por orden de Don Luis Quijada.» Todos lo miraron.
