«Soy el señor Prevost, el Prior me espera. Dígale que traigo al niño.» Siguieron al lego, se divisaba la arboleda de un huerto y los arcos del claustro. A la puerta de una sala los recibió el Prior, un tenue viejo de cera envuelto en un flotante hábito marrón, con los pies desnudos metidos en sandalias. Hablaban de él y lo miraban. "Te quedarás con nosotros por unos días.» Eso fue todo, no nombraron ni a su padre ni a su madre, como se hacía en el pueblo cuando alguien preguntaba por él: "El hijo del maestro Francisco y de Ana de Medina». "Volveré a buscarte dentro de unos días», le dijo el caballero y regresó a la calle.

Estaba en otro mundo, en otro tiempo. Al paso de las horas lo llamaban, en la celda o en el huerto, para los Oficios en la iglesia, tan silenciosa, donde el eco de los rezos subía y bajaba por los muros como agua de lluvia. De día y de noche había que reunirse para las horas. Las soñolientas Laudes de la aurora, el Oficio de Prima en el amanecer. Ya no eran los gallos los que anunciaban el día sino el retintín de la campana en medio del sueño; el Oficio de Tercia a las 9, el de Sexta en el punto de mediodía. Al atardecer llegaban la Vísperas y más tarde las Completas. La noche se cortaba con despertares sobresaltados. La Primera Vigilia, la de la medianoche y la del amanecer.

También había el huerto, o el día de traerle ropa nueva, blanca y fina, como nunca había visto. Quería probársela toda de una sola vez. Diariamente se confesaba en el primer Oficio de la mañana. "¿Has pecado? ¿Has mentido? ¿Has hurtado algo? ¿Has tenido malos pensamientos?» Después del primer día el bullicio de la fiesta en la calle se hacía mayor y saltaba sobre los muros del monasterio.



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