
– Casi un año -respondió Ösp en voz baja, mirándolo. No daba la impresión de que fuera a hacerle nada malo. Sorbió por la nariz y se acomodó en la silla. Sin duda, encontrar el cadáver la había afectado mucho. Un suave temblor la hacía estremecerse de arriba abajo. El nombre le va muy bien, pensó Erlendur. Osp, el álamo temblón. Parecía un arbolillo agitado por el viento.
– ¿Te gusta trabajar aquí? -preguntó Erlendur.
– No -fue la respuesta.
– ¿Y por qué no lo dejas, entonces?
– Hay que trabajar.
– ¿Qué es lo que te disgusta tanto?
Le miró como si la pregunta fuera ociosa.
– Hago las camas -dijo-. Limpio los baños. Paso la aspiradora. Aunque mejor que estar de cajera de supermercado sí que es.
– ¿Y la gente?
– El director es un tío asqueroso.
– Parece una boca de incendios mal cerrada -dijo Erlendur.
Ösp sonrió.
– Y algunos clientes se creen que una trabaja para que le metan mano.
– ¿Por qué bajaste al sótano? -preguntó Erlendur.
– A buscar a Papá Noel. Los niños le estaban esperando.
– ¿Los niños?
– Los de la fiesta de Navidad. Tenemos una fiesta de Navidad para los empleados del hotel. Para sus hijos y también para los niños que se alojan en el hotel, y él hacía de Papá Noel. Como no aparecía, me mandaron a buscarlo.
– No debió de ser nada agradable.
– Nunca había visto un cadáver. Y encima el condón… -Ösp intentó apartar la imagen de su mente.
– ¿Ese hombre tenía amigas aquí, en el hotel?
– Ninguna que yo sepa.
– ¿Sabes si había alguna mujer con la que tuviera relaciones fuera del hotel?
– No sé nada sobre ese hombre, y ya he visto más de él de lo que se me petece.
– Me apetece -la corrigió Erlendur.
– ¿Qué?
– Se dice «me apetece», no «se me petece».
La muchacha se lo quedó mirando como si Erlendur hubiera perdido un tornillo.
