
– ¿Tú no lo crees así? -dijo Elínborg.
– No sé. No tengo ninguna sospecha clara.
2
La cantina del personal tenía poco en común con el espléndido vestíbulo del hotel y sus elegantes salones. No había coronas de Navidad, ni música navideña, solo unas cuantas sillas y mesas de cocina, suelo de linóleo, rajado en un sitio, y en un rincón un pequeño espacio de cocina con armarios, máquina de café y un frigorífico. Parecía que nadie se encargaba de la limpieza. Las mesas tenían manchas de café y había tazas sucias por todas partes. La cafetera, exhausta, estaba encendida y eructaba agua a borbotones.
Unos cuantos empleados del hotel formaban un semicírculo en torno a una chica joven, aún muy afectada tras encontrar el cadáver. Había estado llorando, y el rímel negro se le había corrido por las mejillas. Levantó la mirada cuando entró Erlendur acompañado por el director del hotel.
– Ahí la tienes -dijo el director, como si hubiera sido ella quien hubiera violado la santidad de las navidades, e hizo una señal a los empleados para que salieran. Erlendur le dio un empujoncito para que saliese él también, diciendo que quería charlar con la chica en privado. El director del hotel lo miró asombrado, pero no hizo objeción alguna e indicó que tenía mucho que hacer. Erlendur cerró la puerta tras él cuando salió.
La muchacha se frotó las mejillas para limpiarse el rímel y miró a Erlendur sin saber bien a qué atenerse. Erlendur sonrió, arrastró una silla y se sentó delante de la muchacha. Tenía más o menos la edad de su hija, algo más de veinte años, estaba intranquila y todavía bajo el shock de lo que había visto. Era delgada, tenía el cabello negro y vestía el uniforme de las limpiadoras del hotel, una bata de color azul claro. Encima del bolsillo del pecho llevaba prendida la etiqueta con su nombre. Osp.
– ¿Hace mucho que trabajas aquí? -preguntó Erlendur.
