
El director del hotel les pidió que no hubiera revuelo. Es la palabra que utilizó cuando telefoneó. Aquello era un hotel y la prosperidad de un hotel se apoya en su reputación. Les pidió que lo tuvieran en cuenta. Por eso no sonaban sirenas ni había agentes uniformados entrando por la puerta principal a todo correr. El director dijo que bajo ningún concepto debían alarmar a los clientes del hotel.
No había que exagerar las aventuras y emociones de Islandia.
Estaba al lado de Elínborg, que saludó a Erlendur y Sigurdur Óli con un apretón de manos. El director del hotel era tan gordo que apenas cabía en el traje. Llevaba la americana abrochada en el vientre con un solo botón, que parecía a punto de reventar. El cinturón desaparecía bajo la inmensa barriga que rebosaba de la chaqueta, y el hombre sudaba de tal modo que no podía dejar de pasarse un gran pañuelo blanco por la frente y la nuca. El blanco cuello de la camisa estaba empapado en sudor. Erlendur estrechó su mano húmeda y fría.
– Muchas gracias -dijo el director del hotel, resoplando como una ballena, agobiado por aquella contrariedad. Llevaba veinte años al frente del hotel y jamás se había encontrado con algo parecido.
– En pleno frenesí navideño -suspiró-. ¡No comprendo cómo puede suceder algo así! ¿Cómo puede suceder algo así? -repitió, y los policías se dieron perfecta cuenta de que se sentía totalmente superado por la situación.
– ¿Está arriba o abajo? -preguntó Erlendur.
– ¿Arriba o abajo? -resopló el obeso director del hotel-. ¿Te refieres
– Sí -dijo Erlendur-. Tenemos que saberlo.
– ¿Subimos en el ascensor? -preguntó Sigurdur Óli.
– No -dijo el director del hotel, y miró irritado a Erlendur-, está ahí abajo, en el sótano. Tiene una habitación pequeña. No le hemos querido echar a la calle. Y ahora pagamos las consecuencias.
