– ¿Por qué ibais a querer echarle? -preguntó Elínborg.

El director del hotel la miró, pero no respondió.

Bajaron lentamente por una escalera que había al lado del ascensor. El director iba delante. Le costaba un considerable esfuerzo bajar la escalera, y Erlendur se quedó pensando en cómo se las arreglaría cuando tuviera que volver a subir.

Se habían puesto de acuerdo para mostrar cierta consideración. Excepto Erlendur. Intentaban actuar con todo el tacto posible hacia el hotel. Detrás del edificio había tres coches de policía y una ambulancia. La policía y los camilleros entraron por la puerta trasera. El forense estaba de camino. Confirmaría la defunción y avisaría a un coche fúnebre.

Recorrieron un largo pasillo con la ballena resoplando delante. Agentes de policía uniformados les saludaron. El pasillo era más oscuro cuanto más se adentraban en él, porque las bombillas estaban fundidas y nadie se había tomado la molestia de cambiarlas. Finalmente llegaron a una puerta abierta, en medio de la oscuridad, que daba a una pequeña habitación. Parecía más un trastero que un alojamiento, pero contenía una cama estrecha y un pequeño escritorio, y en el suelo había una alfombrilla deshilachada, sobre unas baldosas sucias. Junto al techo había un ventanuco.

El hombre estaba sentado en la cama, apoyado contra la pared. Llevaba puesto un rojo disfraz de Papá Noel y aún tenía el gorro en la cabeza, aunque medio caído sobre el rostro. La abundante barba blanca le ocultaba la cara. El enorme cinturón estaba suelto y la chaqueta desabrochada. Por dentro llevaba una camiseta blanca de tirantes. A la altura del corazón tenía una herida de carácter letal. Había otras heridas en el torso, pero la del corazón era la definitiva. Las manos estaban llenas de cortes, como si hubiera intentado defenderse del ataque.

Tenía los pantalones bajados. El miembro estaba cubierto por un condón.

– … blanca Navidad… -canturreó Sigurdur Óli mirando el cadáver. Elínborg le chistó.



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