
No hace el calor asfixiante de otros años. Por la tarde se levanta enseguida la brisa. Le resulta agradable pensar que, a la falta de distracciones de un veraneo lejos del mar, no se une la mandanga caliginosa de otros años. Y todo por culpa de Andrés, de su hijo. Sin embargo, da gracias al cielo, a todas horas y en voz alta, de que no se trate de nada realmente serio, de que haya sido sólo el estirón de los diecisiete, de que la destemplanza y el mal color hayan casi desaparecido antes de finalizar la tercera quincena de reposo. No puede quejarse de la casa -con las manos sobre la baranda contempla ahora los metros cuadrados de su extensión, en los que parecía no haber caído -. Ha sido arrendada para la temporada y ocupa el centro mismo de la calle, el epicentro de la barriada residencial.
Desde la galería ve a su hija Lisi sobre la bicicleta, al aire los muslos prietos, tostados por el sol, cruzar el sendero enarenado, abrir la verja de hierro y salir luego a la carretera casi azulada, húmeda aún de rocío nocturno.
Es temprano; pero Lisi cree que llegará tarde. A derecha e izquierda de la carretera, los pájaros revolotean sobre los jardines, patinan sobre las acacias, sobre los plátanos de India.
