Con un carnero abierto en canal, terciado sobre el serón de un burrillo enano, el carnicero suba también en la cuesta arriba. Cuando se cruza con Carlos hace un gesto con la cabeza que Carlos no contesta. Una mujer barre con una escoba de palma la delantera del portal al final de la calle. Carlos pasa a su lado y le da una palmada sobre el trasero. La mujer sonríe sin dejar de barrer. Más adelante se cruza con tres hombres que vuelven de haber pasado la noche guardando una viña o un melonar. Uno de ellos lleva terciada la escopeta sobre la espalda. Los otros caminan arrastrando por el suelo un largo chuzo con una punta de hierro.

La campana de la iglesia da el último toque de la misa de alba, y la brisa despeina en la campiña, al fondo de la calle, la roja panocha de los maíces híbridos en medio de las hazas cenicientas de los olivares.


Al dejar resbalar las manos por la baranda de la galería, las manos se le mojan. Se da cuenta que sobre ellas ha quedado polvillo húmedo y pastoso de orín; igual que si fuera invierno y estuviera asomada al balcón de su casa en la ciudad un día de lluvia.

Se ha levantado temprano porque es un día señalado. No hubiera podido permanecer más tiempo acostada. Todo a su alrededor es, sin embargo, como otro día cualquiera. Su marido ha salido para la ciudad a la hora de siempre. Como un leve susurro presintió su adiós en la duermevela de su amanecida, cuando parecía que, por fin, tras su noche insomne, iba a rendir al sueño.

La camioneta de Chico Mingo enfila la carretera y entra renqueando en la zona arbolada de la Colonia, pero ella no la ve siquiera pasar. Sigue apoyada sobre la baranda. La camioneta cruza por delante de la verja de la casa, carretera adelante, camino del transformador eléctrico.

La niebla sigue todavía pegada a los parterres, a la grama. Frente a ella, al otro lado de la calle, mistress Humprey cuida su jardín. Con el rastrillo asienta los montoncitos de arena que se levantan al borde de los arriates.



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