Comienza a silbar débilmente. Le cuesta hacerlo mientras pedalea a prisa, con el desayuno aún casi en la boca, con el regusto en el paladar de las galletas, la mermelada y la mantequilla. Intenta imaginarse a Momi y va uniendo perfiles conocidos con peinados conocidos y con naricillas conocidas y con labios carnosos y con pestañas, y va formando una imagen que no llega a cuajar porque se desvanece con cada nuevo pedalazo.

Sin desmontar de la bicicleta, tira del cordón de la campanilla de la casa de Araceli. La casa de Araceli es el punto de reunión de los excursionistas. Nadie contesta a su llamada. La repite una y otra vez hasta que, por fin, Araceli en pijama se asoma al balcón:

– Pero ¿qué hora es?. ¿Te has vuelto loca? – le grita.

No sabe qué contestar. Hace bocina con las manos tras la verja. Grita también:

– Pensé que era tarde, ya ves…

– Espera un momentín que ya le doy al pestillo y bajo.

– ¿De verdad que no ha venido nadie?.

– ¿Quién va a venir, mujer, con la hora que es? – se regincha de la baranda de la balconada con medio cuerpo fuera y da un corto silbido, luego chasca la lengua y hace palillos con los dedos -. Creí que no iba a resultar. Te cae muy bien la marsellesa, Lis. Si llego a saber que entona con la falda me compro también una.

Hace arabescos con el manillar y termina sosteniéndose con una mano sobre un árbol del acerado:

– Hay que arriesgarse -dice-. ¿Te gusta en serio?. Con las combinaciones de color hay siempre que arriesgarse. Y con la falda de tergal blanco va aún mejor.

En la verja salta el pestillo automático.

– Pasa – dice Araceli -. Sube y no hagas ruido que está todo el mundo en la cama.

Lisi deja la bicicleta sobre la valla y atraviesa el jardín. Sube de puntillas la escalera. Araceli la espera en el descansillo del primer piso. Se abrazan, se manosean, se pellizcan como si hubieran pasado muchos años sin verse:



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