
– ¡Qué barbaridad, qué madrugadora!.
– No tenía ni chispa de sueño – miente -. Me levanté porque no tenía ni chispa de sueño.
– Vamos a mi cuarto – dice Araceli -. No hagas ruido.
Camina tras ella por el pasillo encerado. Al llegar al cuarto de Araceli se deja caer sobre la cama deshecha. Le gusta el cuarto de Araceli; el dibujo del papel de las paredes, el tocador forrado de cretona. La casa de Araceli no es una casa arrendada como la de ella. Si no fuera porque a su hermano le dio por toser, hubieran veraneado en la playa, como todos los años, y no se vería obligada a dormir en un cuarto extraño, sin intimidad, alejada de todos sus recuerdos infantiles, de sus muñecos de trapo, de sus gacelas de porcelana de todos los tamaños y sin una ventana frente al mar.
La cama guarda el aroma tibio del cuerpo de Araceli. Restriega la cara por la almohada. Araceli se lava los dientes en el cuarto de baño. Le llega el olor fuerte y penetrante del dentífrico, el murmullo del agua que cae sobre el lavabo. Se incorpora y se deja caer sobre uno de los guarderones. Araceli sale del cuarto de baño con un cepillo de cabeza en la mano. En el espejo de luna ovalada del tocador, mientras mueve las piernas como si aún continuara pedaleando, contempla el jardín invertido, invertida la imagen de Araceli que se cepilla el pelo ante el espejo.
– ¿Por fin, cuántos somos? – pregunta.
– Vete a saber. A última hora, por lo menos la mitad cambia de idea.
En la verja suena el campanil. Invertidas, cinco bicicletas aguardan tras el cancel. Salta de la cama, se asoma al balcón y agita las manos.
– Baja un momentín – dice Araceli – y les adviertes que no se me pongan a enredar. En cuanto despertáramos a mi padre aguábamos la función. Ya sabes que con eso del sueño es peor que una marmota. Araceli se asoma al balcón para verla cruzar el jardín; luego regresa al tocador y se pone a hacer visajes con la cara, mientras va ordenándose descuidadamente los cabellos sobre la frente.
