
Todos los días, después de descolgar el último farol, el de Valdehigueras, espera a los braceros que cruzan el pueblo, para, por la Barranca del Maestro-escuela, que les acorta en un cuarto de legua la andadura, bajar a las cortijadas. Y, casi todos, pegado a la jamba de la taberna de Florencio, encuentra a alguien que le invita a una caña de aguardiente y le alivia el repeluco con un golpe animoso sobre el costillar.
Vuelve a toser y la tos se le encabrita en la garganta y se le quiebra en galladas sanguinolentas. Blandamente, las suelas de sus alpargatas apagan el inverosímil murmullo de las pisadas borrachas de su cansancio, mientras camina lentamente hacia el pueblo.
Hasta que no llega a la taberna de Florencio no advierte su retraso de casi media hora. Los braceros han cumplido ya su rito mañanero. Florencio, en mangas de camisa, aprieta sobre los platillos de hojalata el café recién molido y la zurrapa de la víspera, seca al sol y aliviada de achicoria. Las maquinillas, alineadas sobre el mostrador, cabrillean bajo la luz amarilla y sucia de las bombillas empolvadas. Florencio levanta las manos interrogantes y limpia luego la barra con un paño húmedo. Tamborilea después con los dedos sobre la madera y, resignado, llena de aguardiente una copa de cristal.
De nuevo tose. Le llega a la boca el regusto agridulce y sanguinolento del esputo. Con mal pulso echa al coleto el copetín que Florencio le ha puesto delante. Luego pasa la lengua por el perfil descolorido de los labios, y, convulso, se apoya en la barra.
– ¿Qué…? -pregunta Florencio.
