No contesta. Saca un billete mugriento y hace ademán de pagar. Florencio rechaza:

– Da igual, hombre, déjalo. Por un día quien lo va a saber. Hoy soy yo el que te invita.

– Tú tienes en esto tu comer - dice sin convicción. Y enseguida, con reticencia-: Ya me has invitado muchas veces…

– Es lo mismo, te digo. No vamos a salir de pobres ni por una ni por mil copas que no pagues.

La peseta vuelve a ocupar su sitio en el bolsillo de la pretina del pantalón,

– Lo que es hoy se te fue el santo al cielo – prosigue Florencio-. Se te quedaron dormidas las cabras en el corral.

– Como tengo cogida la hora y me fío de la luz…

– Si tuvieras que levantarte como yo todo el año a las cinco ya verías lo que es bueno.

– Señal que tendría también una tasca. Que lo que es cuando terminen con el pavimento y con la conducción de agua y quiten los frisones y no haya que alimentar ya más farolillos… el pico al viento. Eso es lo que tendré que poner. O darme un chocazo contra cualquier esquina y acabar cuanto antes.

– A ti lo que te convenía es un sanatorio. Ver la forma de que te buscaras un sanatorio y terminaras de curarte de una vez. Vas a estar dando tumbo para arriba y para abajo toda la vida. Cuando no tengas remedio es cuando vendrán los ayes.

– A mí lo que me conviene es morir, Flore. Morirme de una vez.

– No tengas pena, que no te vas a quedar aquí. No tengas pena, que tarde o temprano has de mascar tierra como cada quisque. Pero que no tienes tú edad todavía para irte tan pronto para el otro barrio y estar pudriéndote bajo las malvas. Se patea lo que haya que patear. Se busca una influencia; alguien que pueda hacer algo. Pasa también que tú eres un orgulloso. A la gente lo que hay que darle es una de cal y otra de arena. Hacer el quite ¿comprendes?. Una cara aquí y otra allí y a vivir, que son dos días.



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