Florencio levanta los hombros y deja en suspenso en el aire la mano izquierda. - Tú sabrás – dice -. Tú sabrás a quién es preferible creer. Con el corazón sano he querido decirte las cosas como son para prevenirte y ponerte en aviso. Te aprecio y me da grima verte como te veo vendido por unos y por otros.

– Eso es cosa mía, Flore. Cada cual vive la vida como le viene en ganas.

– Tú sabes que soy el primero en admirarte. Que lo cortés no quita lo valiente. Dichoso tú que tienes esa manera de pensar y que, rabiando, mordiendo, todavía puedes permitírtela, porque hoy por hoy, después de todo, lo que tienes que dar todos los días es gracias a Dios. Mientras tu madre siga echando medios días de lavado no hay novedad. Hasta que se acaben los calores y haya veraneantes no os faltará a ninguno de los dos un pedazo de pan que llevaros a la boca, aunque a ti te pongan en la calle. Mucho trabajo es para ella, la pobre; no te creas que no me da pena verla todo el día para arriba y para abajo de la Colonia a tu casa y de tu casa a la Colonia con la canasta de ropa hasta los bordes -limpia bajo el grifo los vasos de cristal y los va luego colocando junto a los platillos de hojalata rebosantes de café molido -. Sabes que si me permito darte un consejo es porque siempre aprecié a tu familia y serví al rey en la Cartuja con tu tío Julián.

Deja a Florencio con la palabra en la boca, porque cuando Florencio levanta los ojos de la pileta de cinc lo ve ya cruzar la calle y agitar una mano para despedirse al llegar a la esquina.

– Estos chavales – dice Florencio -. Estos chavales de ahora que parece que se van a comer el mundo. Por mi ya puedes reventar cualquier día. Ya podéis reventar todos juntos.

Al llegar al Cerrete de la Cruz engurruña los ojos frente al brochazo insultante del caserío encalado. La calle se le resbala ahora mientras camina cuesta abajo.



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