
Queda parado un momento y parece orientarse. Mira a un lado y otro y, por fin, continúa en línea recta hacia la camioneta roja que Chico Mingo calza con un tarugo de madera al fondo de la calle.
Chico Mingo le ve llegar y se queda inmóvil, en mitad de la calzada, después de echarle un vistazo a las ruedas traseras, con las dos manos apoyadas sobre el mango de la pala que acaba de sacar de bajo el asiento de la cabina.
Los faroles tintinean sobre el aro de metal que los sujeta. Cuando llega a la altura de Chico Mingo deja el aro en el suelo. Chico Mingo pregunta:
– ¿Qué, ya estamos de vuelta?.
Carlos hace un ademán torpe y levanta los hombros.
– También que la vida que tú te pegas es para no vivir mucho -dice Chico Mingo-. Es malo eso de no pegar un ojo en toda la noche.
– Siempre será mejor que estar en la zanja.
Chico Mingo saca un paquete de picadura y un librillo de papel de fumar del bolsillo de su mono de peto. En el momento en que va a ofrecérselo se arrepiente:
– Ya no me acordaba de que ni fumas ni bebes.
– No, no fumo. A veces, un pitillo liado.
– Ni eso siquiera deberías fumar. No es nada lo del ojo. Dinero que te ahorras; que de algo te tenías que beneficiar con la enfermedad. Ya quisiera yo, ya, tener un pretexto como el tuyo; que ganas no me faltan de dejar él tabaco.
