
Sheila sonrió y sintió un repentino placer al imaginar lo furioso que se pondría Noah cuando se enterara de sus planes. Tomó el bolso, pagó la cuenta y prácticamente salió corriendo del local.
Cuando Noah colgó el teléfono tuvo la perturbadora sensación de que pronto volvería a tener noticias de Sheila Lindstrom. La seriedad con que le había hablado 1o impulsó a buscar el expediente del incendio. Después de echar una ojeada a las cartas de Sheila por segunda vez y de pensar concienzudamente en la situación de la bodega, sintió remordimientos. Quizá hubiera sido demasiado duro con ella. Tenía que reconocer que esa mujer tenía un problema grave y merecía algo más que un rechazo educado.
Sin embargo, mientras Anthony Simmons, el detective privado de Ben, no terminara el informe sobre el origen del incendio de la bodega, no se podía descartar que Oliver Lindstrom, o su hija y única heredera, estuvieran implicados.
Noah se revolvió en la silla y pensó que tal vez tendría que haber sido más directo con ella y haberle dicho que Simmons estaba investigando las causas del fuego. Lo aterraba la posibilidad de parecerse a su padre, que prefería el engaño a la verdad.
Tensó la mandíbula. Sentía la misma inquietud que había sentido siempre. Había algo en la forma de hacer negocios de su padre que le daba náuseas. No era nada tangible pero estaba seguro de que algo iba mal.
El problema era que no sabía qué exactamente.
Wilder Investments siempre lo había puesto nervioso. Era uno de los motivos por los que había renunciado a trabajar para la empresa siete años atrás. La pelea entre padre e hijo había sido amarga y explosiva. De no haber sido por el infarto y por el enorme favor que seguía debiéndole a Ben, Noah no habría accedido a volver, ni siquiera temporalmente. Al menos, había saldado la deuda con su padre. Después de dieciséis años, por fin estaban en paz.
