Y aquel día no era la excepción. En realidad, el incendio y el escándalo que lo rodeaba sólo eran dos de los problemas de una larga lista que parecía crecer a diario. El incendio y la sospecha de que había sido provocado, le complicaban las cosas, y Noah sabía que hasta que todo el asunto estuviera resuelto seguiría padeciendo muchas horas en el despacho y pasando incontables noches sin dormir. Había tenido la mala suerte de que el incendio se declarase mientras su padre estaba fuera del país. Pensar en Ben Wilder lo hizo fruncir más el ceño.

La mañana seguía cargada de niebla, y el olor del mar impregnaba el aire. Los rayos de sol que se filtraban entre las nubes se reflejaban en los charcos, pero Noah estaba demasiado preocupado con sus pensamientos oscuros para notar la promesa de primavera en el ambiente.

Se oyó un claxon, y un conductor le gritó indignado cuando cruzó la calle con el semáforo en rojo. Noah hizo caso omiso y siguió avanzando hacia el edificio de cemento y acero que albergaba Wilder Investments, la próspera empresa de su padre. No pudo evitar volver a maldecirlo por haber elegido un momento tan inoportuno para irse a México a recuperarse, dejándolo a cargo de los problemas de la empresa. De no haber sido por el infarto que había sufrido Ben, Noah habría vuelto a Pórtland, y quizá Sean no hubiera desaparecido del colegio.

Pensar en la rebeldía de su hijo le daba dolor de estómago. Desafortunadamente, no podía culpar a nadie más que a sí mismo por la actitud de Sean. Sabía que no debería haber dejado que Ben lo convenciera para hacerse cargo de Wilder Investments, aunque fuera durante poco tiempo; había sido un error, y Sean estaba pagando las consecuencias. Maldijo entre dientes y se golpeó la pierna con el periódico. Si en Pórtland le había costado criar solo a un hijo, en Seattle, y con los problemas que acarreaba la dirección de la empresa, le resultaba prácticamente imposible tener tiempo para Sean.

Abrió la puerta del edificio Wilder y avanzó rápidamente por el vestíbulo. No había casi nadie, porque era muy temprano, y Noah se alegró de ir solo en ascensor, porque aquella mañana no estaba de humor para hablar con los empleados de la corporación multimillonaria de su padre. Cualquier cosa que le recordara a Ben lo pondría aún más furioso.



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