
Después de pulsar el botón para ir a la trigésima planta echó un vistazo a los titulares de la sección de economía del periódico y releyó el principio del artículo que le había estropeado la mañana. Se le hizo un nudo en la garganta al ver el titular: “Quemado: Wilder Investments bajo sospecha de fraude de seguros”. Apretó los dientes y trató de controlar la ira, mientras leía el primer párrafo, que era aun más condenatorio.
“Noah Wilder, presidente interino de Wilder Investments -decía el texto-se ha negado a hacer comentarios sobre el rumor de que Wilder Investments podría haber incendiado intencionadamente la bodega Cascade Valley. El fuego comenzó en el ala oeste del edificio principal y le costó la vida a un hombre, Oliver Lindstrom, socio de Wilder Investments.”
El ascensor se detuvo, y Noah apartó la vista del exasperante artículo. Ya lo había leído, y lo único que había conseguido era frustrarse más con su padre y su decisión de quedarse más tiempo en México. Para complicar las cosas, Sean se había escapado del colegio, y no lo podían encontrar; cualquiera sabía dónde se había metido.
Noah se mordió el labio y se prometió que, fuera como fuera, encontraría la manera de obligar a Ben a volver a Seattle y retomar el control de Wilder Investments. No tenía alternativa: Sean era lo más importante.
Salió del ascensor y, de camino al despacho de su padre, se detuvo brevemente ante la mesa de Maggie.
– A ver si consigues que Ben conteste al teléfono -le pidió con una sonrisa forzada.
Acto seguido, entró en el amplio despacho donde se tomaban las grandes decisiones de Wilder Investments. Dejó el periódico en la mesa de roble, se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el respaldo del sofá.
