
– ¿Puedo ayudarla en algo? -preguntó él, con tono indiferente.
Sheila reconoció la voz de inmediato. Era Noah Wilder. Tragó saliva con dificultad mientras sentía que le iba a estallar el corazón.
– Busco a Ben Wilder.
El se cruzó de brazos, se apoyó en el umbral y sonrió.
– ¿Quiere ver a Ben? -dijo-. ¿Quién es usted?
Había algo turbador en los ojos azules de Noah; algo que la atraía irremediablemente. Se obligó a apartar la vista, respiró profundamente e hizo caso omiso tanto de la velocidad de su pulso como del deseo desesperado de salir corriendo de allí.
– Soy Sheila Lindstrom -contestó-. Creo que esta tarde he hablado contigo por teléfono.
La sonrisa de Noah se hizo más amplia.
No parecía sorprendido por el anuncio, sino más bien interesado, aunque cauto.
– La que tiene problemas apremiantes en Cascade Valley, ¿verdad?
– Sí.
– ¿Has llamado a la oficina y Maggie te ha dicho dónde podías encontrarme?
Noah se rascó la barbilla mientras la recorría la mirada y se preguntaba qué tenía aquella mujer que le resultaba tan atractivo. Estaba contemplando sus facciones cuando se oyó el motor de un coche cerca de la entrada. Se puso tenso y desvió la vista hacia el camino, pero el automóvil pasó de largo.
– No -dijo ella.
– ¿No?
Noah volvió a interesarse por la conversación y los ojos grises de Sheila.
– Te he dicho que busco a tu padre -añadió ella.
– Y yo te he dicho que está en el extranjero.
