Esperaba que la recibiera un mayordomo o algo así, pero se había equivocado. Aquel hombre alto y fornido transmitía más poder que servidumbre. Era atractivo, aunque no en el sentido clásico. Tenía facciones equilibradas pero fuertes: mandíbula marcada, cejas oscuras y ojos azules. Las líneas de expresión alrededor de los ojos intensificaban la masculinidad y el poder de su mirada. La miró con tanto interés que a ella se le aceleró el pulso.

– ¿Puedo ayudarla en algo? -preguntó él, con tono indiferente.

Sheila reconoció la voz de inmediato. Era Noah Wilder. Tragó saliva con dificultad mientras sentía que le iba a estallar el corazón.

– Busco a Ben Wilder.

El se cruzó de brazos, se apoyó en el umbral y sonrió.

– ¿Quiere ver a Ben? -dijo-. ¿Quién es usted?

Había algo turbador en los ojos azules de Noah; algo que la atraía irremediablemente. Se obligó a apartar la vista, respiró profundamente e hizo caso omiso tanto de la velocidad de su pulso como del deseo desesperado de salir corriendo de allí.

– Soy Sheila Lindstrom -contestó-. Creo que esta tarde he hablado contigo por teléfono.

La sonrisa de Noah se hizo más amplia.

No parecía sorprendido por el anuncio, sino más bien interesado, aunque cauto.

– La que tiene problemas apremiantes en Cascade Valley, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Has llamado a la oficina y Maggie te ha dicho dónde podías encontrarme?

Noah se rascó la barbilla mientras la recorría la mirada y se preguntaba qué tenía aquella mujer que le resultaba tan atractivo. Estaba contemplando sus facciones cuando se oyó el motor de un coche cerca de la entrada. Se puso tenso y desvió la vista hacia el camino, pero el automóvil pasó de largo.

– No -dijo ella.

– ¿No?

Noah volvió a interesarse por la conversación y los ojos grises de Sheila.

– Te he dicho que busco a tu padre -añadió ella.

– Y yo te he dicho que está en el extranjero.



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