Noah se apeó del coche, furioso, y se apoyó en la portezuela con las manos en los bolsillos, sin preocuparse por la lluvia. Echó un vistazo al patio vacío del colegio. No había ni rastro de su hijo. Comprobó la hora una vez más, maldijo entre dientes y se quedó apoyado contra el coche.

Tres

Cuando Sheila encontró la casa cuya dirección aparecía en el sobre, ya había anochecido, pero, a pesar de la penumbra, podía ver que la casa de Ben Wilder, si continuaba viviendo allí, era inmensa. El edificio de tres pisos estaba situado en lo alto de un acantilado con vistas al lago Washington y rodeado de un parque de varias hectáreas. Sin embargo, a ella le parecía frío y poco acogedor.

Tuvo la desagradable sensación de que se estaba metiendo donde no debía y pensó en la posibilidad de echarse atrás, pero se recordó aquello de “quien no arriesga, no gana” y se convenció de que no tenía de malo llamar a la puerta para preguntar por el paradero de Ben Wilder.

Era obvio que había alguien en casa. No sólo por el humo de la chimenea, sino porque se veía luz en varias ventanas y hasta el porche estaba iluminado. Sheila se estremeció; era como si la estuvieran esperando.

Dejó de lado su aprensión y aparcó detrás del Volvo plateado. Antes deque pudiera pensar dos veces en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, se bajó del vehículo, respiró hondo y avanzó hacia la casa.

Había empezado a lloviznar y tenía el pelo mojado. Se alzó el cuello de la gabardina y llamó a la puerta con golpes suaves. Mientras esperaba con nerviosismo, se preguntó quién abriría y cuál sería la reacción ante su petición; no sabía si conseguiría datos sobre el paradero de Ben Wilder o si estaba ante la enésima frustración del día.

La puerta se abrió de repente. Sheila no estaba preparada para encontrarse con el hombre que estaba en el umbral.



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