
Pero Caín no tenía ni un solo objeto personal en su piso. A qué terrible grado de desesperación y de desolación debía de haber llegado. La imaginó recorriendo la noche con ansiedad de adicta, husmeando en los más oscuros rincones de la ciudad en busca de un alivio, de una memoria en la que poder creer, de unos recuerdos que la permitieran descansar durante cierto tiempo. Bruna pensaba que podía entenderla, porque ella misma se había sentido así bastantes veces, ella también se había ido en ocasiones de su casa como si escapara, había salido para abrasar la noche en busca de algo imposible de encontrar. Y en más de una madrugada había estado tentada de meterse por la nariz un tiro de memoria, un chute de vida artificial. No lo había hecho y se alegraba de ello. Cata Caín se había reventado el cerebro con una dosis de recuerdos ficticios. Tal vez hubiera llegado a la ciudad una partida de implantes adulterados; ya había pasado otras veces, aunque nunca de manera tan letal. Si era así, habría más muertes de reps en los próximos días. Pero ése no era su problema. Ella lo único que quería era saber qué había sucedido con su vecina, y eso ya estaba resuelto.
Se volvió a mirar al joven forense. Se le veía sudoroso y muy sofocado, probablemente a causa del conflicto emocional de tener que obedecer a alguien por miedo, cosa que solía provocar, sobre todo en machos jóvenes, un cortocircuito de ira reprimida y humillación, un revoltijo hormonal de testosterona y adrenalina. Ahora se odiaba a sí mismo por haber sido cobarde, y eso haría que no la denunciara. Además, ¿qué podría denunciar? Ella no le había hecho nada. Bruna empujó los dos billetes de cien sobre la mesa y sonrió.
– Muchas gracias, muy amable. Esto es todo lo que quería saber. Dale recuerdos a Gándara de mi parte.
