Pobre Caín. Le pareció que podía volver a ver a su vecina arrancándose el ojo con su blando y horrible sonido como de trapos rasgados. Le pareció que escuchaba otra vez sus palabras alucinadas y que sentía su angustia. Cuando llegaron los de Samaritanos ya estaba rígida, por eso no le extrañó que cuatro horas después llamaran para comunicarle que había muerto. En el entretanto, Bruna fue a la conserjería del edificio y entró en el piso de la mujer junto con uno de los porteros. Así se enteró de que se llamaba Cata Caín, que era administrativa, que esa casa había sido su primer domicilio después de la paga de asentamiento, porque sólo tenía tres años rep, o veintiocho virtuales, demasiado joven para morir. Según el contrato de alquiler llevaba once meses en el apartamento, pero el lugar parecía tan vacío e impersonal como si nadie lo habitara. De hecho, no se veía ninguno de los pequeños recuerdos artificiales siempre tan comunes, la consabida foto de los padres, el holograma de la niñez, la velita sucia de una vieja tarta, el póster electrónico con las dedicatorias de los amigos de la universidad, el anillo que los adolescentes solían regalarse al dejar de ser vírgenes. No había replicante que no guardara esa colección de basurillas; pese a conocer su falsedad, los objetos seguían manteniendo una especie de magia, seguían ofreciendo consuelo y compañía. Así como los parapléjicos soñaban con andar cuando utilizaban las gafas virtuales, los reps soñaban con tener raíces cuando contemplaban las piezas artificialmente envejecidas de su utilería: y en ambos casos, aun sabiendo la verdad, eran felices. O menos desgraciados. La propia Bruna, tan reacia a las efusiones emocionales, no había sido capaz de desprenderse de todos sus recuerdos prefabricados. Sí, había destruido las fotos familiares y el holograma de la fiesta de su abuela (cumplía ciento un años; murió poco después; esto es, murió supuestamente), pero no pudo tirar el collar del perro de su infancia, Zarco, grabado con el nombre del animal, ni una foto de su niñez de cuando tenía alrededor de cinco años, perfectamente reconocible ya y con los ojos tan cansados y tan tristes como ahora.



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