Por esa tortura apenas les daban unos cientos de gaias, aunque en este caso, con la Texaco-Repsol, la mujer seguramente tendría también el aire gratis. Lo cual era importante, porque cada día había más gente que no podía seguir pagando el coste de un aire respirable y que tenía que mudarse a alguna de las zonas contaminadas del planeta. En realidad, muchos matarían por conseguir esta porquería de trabajo. Bruna recordó su magra cuenta bancaria y se volvió hacia la dueña del bar.

– ¿Qué hay de nuevo por aquí?

– Nada. Aparte de las muertes de los reps.

Otra cosa que le gustaba a Bruna de la gorda Oli era que no se andaba con remilgados eufemismos. Siempre llamaba reps a los reps, y era mucho más amigable y respetuosa que los que no paraban de hablar de tecnohumanos.

– ¿Y qué se cuenta de eso, Oli? Del tipo del tranvía, digo. ¿Por qué crees que hizo lo que hizo?

– Dicen que se había metido algo. Una droga. Dalamina, quizá. O una memoria artificial.

– La semana pasada hubo un caso parecido, ¿te acuerdas? La tecno que se sacó el ojo. Y sé que llevaba un implante de memoria.

La mujer puso el bocadillo delante de Bruna; luego se inclinó hacia delante, desparramando sus ubérrimos senos sobre el mostrador, y bajó la voz.

– La gente tiene miedo. He oído que puede haber muchos muertos.

– ¿Qué pasa, ha entrado una partida de memas adulteradas?

– No sé. Pero dicen que esto no ha hecho más que empezar.

Bruna sintió un escalofrío. Era un tema desagradable, un asunto que le inquietaba especialmente. Y no sólo porque todavía no había logrado quitarse de la cabeza el turbador incidente con su vecina, sino también porque siempre le había repugnado todo lo que tuviera que ver con la memoria. Hablar de la memoria con un rep era como mentar algo oscuro y sucio, algo indecible que, cuando salía a la luz, resultaba casi pornográfico.



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