
– ¿Sabes quién está pasando el material defectuoso? -preguntó, intrigada a su pesar.
Oli se encogió de hombros.
– Ni idea, Husky… ¿Te interesa el tema? Tal vez pueda preguntar por ahí…
Bruna reflexionó un instante. Ni siquiera tenía un cliente que le pagara las facturas y no podía permitirse perder el tiempo husmeando en un asunto que no le iba a reportar ningún beneficio.
– No, en realidad no me interesa nada.
– Pues cómete el bocadillo. Se te está enfriando.
Era verdad. Estaba bueno, con las algas bien fritas, nada aceitosas y crujientes. A Merlín le encantaban los bocadillos de algas con piñones. El rostro del rep, un rostro deformado por la enfermedad, flotó por un instante en su memoria y Bruna sintió que el estómago se le retorcía. Respiró hondo, intentando deshacer el nudo de sus tripas y empujar de nuevo el recuerdo de Merlín a los abismos. Si por lo menos pudiera rememorarlo sano y feliz, y no siempre atrapado por el dolor. Dio un mordisco furioso al emparedado y regresó a sus problemas de trabajo. Decidió poner las cartas boca arriba.
– Oli, estoy en paro -farfulló con la boca llena-. ¿Has oído de algo que pudiera venirme bien?
– ¿Como qué?
– Pues ya sabes… alguien que quiera encontrar algo… o a alguien. O al revés, alguien que no quiera que lo encuentren… O alguien que quiera saber algo… o que quiera que investigue a alguien. O alguien que quiera reunir pruebas contra alguien… o que quiera saber si hay pruebas en su contra…
Oli había interrumpido sus lentas y majestuosas tareas tras la barra y estaba mirando fijamente a Bruna con su oscuro rostro imperturbable.
– Si eso es tu trabajo, es un maldito lío.
Bruna sonrió de medio lado. No sonreía muy a menudo, pero la gorda Oli le hacía gracia.
