La rep sintió que se ponían en marcha en su interior las pequeñas ruedecillas del malhumor, el mecanismo dentado de su irritación. Yiannis siempre le hacía lo mismo, la interrogaba y aguijoneaba, quería saberlo todo sobre ella. Se parecía a su padre. A ese padre inexistente que un asesino inexistente mató cuando ella tenía nueve años. Nueve años también inexistentes. Miró a su amigo: poseía un rostro blando de rasgos imprecisos. De joven había sido bastante guapo, Bruna había visto imágenes de él, pero un guapo sin estridencias, de ojos pequeños y nariz pequeña y boca pequeña. El tiempo había caído sobre él como si alguien hubiera derretido su cara, y el pelo blanco, la piel pálida y los ojos grises se fundían en una monocromía descolorida. El pobre viejo, pensó Bruna, advirtiendo que su enfado se desvanecía. Pero de todas maneras no iba a contarle nada, desde luego.

– Nada especial, que yo recuerde.

– Vaya. ¿Ya te has olvidado de Cata Caín?

Bruna se quedó helada.

– ¿Cómo lo sabes? No se lo he dicho a nadie.

Y, mientras hablaba, pensó: pero di mis datos en Samaritanos, y hablé con la policía y con el conserje del edificio, y me tuve que identificar para entrar en el Instituto Anatómico Forense, y vivimos en una maldita sociedad de cotillas con la información centralizada e instantánea. Empezó a sudar.

– No me digas que he salido en las noticias o en las pantallas públicas…

Yiannis torció la boca hacia abajo. Era, Bruna lo sabía, su manera de sonreír.

– No, no… Me lo ha contado alguien que ha venido buscando mi ayuda. Una persona que me ha pedido que hablara contigo. Tiene un trabajo que ofrecerte. Te paso su tarjeta.

Yiannis tocó el ordenador móvil que llevaba en la muñeca y el móvil de Bruna pitó recibiendo el mensaje. La androide miró la pequeña pantalla: Myriam Chi, la líder del MRR, la esperaba a las 10:00 horas de la mañana siguiente en su despacho.


El coraje es un hábito del alma, decía Cicerón. Yiannis se había agarrado a esa frase de su autor favorito como quien se sujeta a una rama seca cuando está a punto de precipitarse en un abismo. Llevaba años intentando desarrollar y mantener ese hábito, y de alguna manera la rutina del coraje se había ido endureciendo en su interior, formando una especie de esqueleto alternativo que había logrado mantenerlo en pie.



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